Llegué como a las 9 de la mañana, en pants y con un paliacate en una cabeza recién rapada. Poco después llegó una chava que conocía desde el kinder, y que seguía en la misma prepa que yo. Y después llegó el muchacho de azul a decirnos lo que íbamos a hacer en ese curso.
Claro que yo ya sabía que era un curso para ser paramédico. Ya sabía que tenía que ir todos los sábados por 9 meses, a las 9 de la mañana a mi escuela. Ya sabía que íbamos a aprender reanimación cardiopulmonar, liberación de obstrucción de vía aérea, infarto agudo del miocardio, sobre fracturas, a inyectar, a rappellear, cómo sacar a alguien de un carro que, en una colisión o volcadura, se acaba de hacer mierda.
Ya lo sabía.No era cierto.
Yo no sabía nada de lo que iba a aprender ahí.
No sabía nada de poder llorar y que se te acercaran dos o tres personas, que en ese momento solo saben que eres integrante del curso que ellos mismos están impartiendo, y te pregunten si estás bien (que obviamente no lo estás, pero es la pregunta obligada)… y si pueden hacer algo por ayudarte...lo que sea.
No sabía nada de no encontrar la manera de subir una cañada y mirar hacia arriba y toparme con la mano de alguien que durante todo el curso solo me había dicho: "Hola" y eso con cierto compromiso por "llevar la fiesta en paz"...ni de sentir en esa mano una fuerza impresionantemente cálida para sacarte de la cañada.
No sabía nada de compartir el único sándwich que queda después de la práctica… con alguien que apenas te conoce… y que apenas conoces.
No sabía como era que sientes la libertad de acercarte con cualquiera y decirle abiertamente: "No entendí nada" y ese alguien, abiertamente, te explica.
No sabía nada de reír hasta quedarte sin aire por el gesto hecho por uno de tus compañeros cuando le dijeron que tenía que hacer 150 saltos en escuadra… ni sabía nada de ver a alguien hacer 150 saltos en escuadra, uno tras otro, tras, tras, tras… mientras el instructor estaba ahí con él contando uno tras otro, tras, tras, tras. Y no importaba si estaba lloviendo, haciendo un calor de los mil diablos, o eran las tres de la mañana, ese de azul siempre estaba ahí, a su lado, contando.
No sabía qué era llegar a una tienda de campaña atestada de gente y que, a pesar del apretujamiento eminente, se hacían a un lado para que entraras a platicar, a reírte, a hablar del día. Por el simple hecho de hacerlo.
No sabía de no era un curso de paramédico, sino de Técnico en Urgencias Médicas… y a nivel intermedio.
Tampoco sabía qué se sentía cargar a un paciente ficticio derechito y llevarlo de un lado a otro hasta que al instructor se le diera la gana que lo hubiéramos hecho bien.
No sabía que por llegar tarde me iban a poner a hacer 50 lagartijas "¡hasta abajo… hasta arriba!".
No sabía que iba a aprender a mover pacientes lesionados todo un día, a cargarlos, a arrastrarlos, a inmovilizarlos, y que mis propios pies y piernas les costara trabajo responderme de tan cansados.
No sabía que me iba a rasguñar las manos y los brazos y la cara por inmovilizar a un paciente lesionado y que no me iba a importar.
No sabía que iba a sudar lágrimas ni a llorar sangre.
No sabía que podía estar enojado y pedir que me dejaran en paz… y que lo hiciera, pero que me estarían observando por si necesitaba algo. Y después de que se me pasara el enojo poder acercarme al círculo de personas que jugaban baraja y que me harían un espacio… sin preguntar nada.
No sabía que alguien me podía importar tanto como para no dormir en toda la noche escuchándole porque tenía que decirle a alguien lo que sentía.
No sabía.Hoy sé como leer un electrocardiograma, como hacer maniobras invasivas de reanimación en un paciente con paro cardiorrespiratorio, hoy sé como manejar un vehículo de 3.5 toneladas, con 3 tripulantes, un paciente y un familiar arriba y llevar las luces y la sirena encendidas porque el paciente no respira; hoy sé como interrogar a un paciente para saber qué pastilla darle, hoy sé como meter un tubo en la tráquea de un paciente para hacerlo respirar.
Hoy sé el asfixiante compromiso que se siente entrar a la casa de un paciente y mirar el brillo en los ojos de la hija del señor infartado cuando te ve entrar con unos guantes de látex en las manos, un estetoscopio y lo que sabes.
Hoy sé a qué huele la sangre combinada con aceite de motor. Hoy sé que se siente presionar el pecho de un paciente en paro a ritmo de uno por cinco por diez, por más de 15 minutos y ver que no hay un pulso de vuelta.
Hoy sé qué se siente ceder escudos, y ver que la persona a la que se los cediste todavía los porta y cuida su camisola con especial cariño.
Hoy sigo sin saber nada, a final de cuentas.
Solo sé que esas personas que se me quedaron mirando raro cuando entré al salón de clases en la Escuela Cristóbal Colón de Lindavista (junto a mi amiga, la del kinder) y yo siempre tuvimos una mano tendida hacia todos y cada uno de los que formamos ese grupo. Siempre una sonrisa. Siempre un dulce qué ofrecer. Siempre una mentada cuando era necesario.
Todo eso solo porque un sábado por la mañana decidí a ir a tomar un curso… un curso de paramédico.
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Ya lo sabía...
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